lunes, 26 de julio de 2010

Recordando el pasado...


Memorias de un vampiro...

Tibia... así era la noche... así era ella.
Era una chica hermosa, la más hermosa del pueblo en realidad.
Como otros, yo tampoco pude resistirme a sus encantos.
Tenía ademanes seductores... pero era callada y reflexiva.
Se respiraba un hálito de misterio cuando caminaba.
Su aroma podía sentirse a kilómetros... Un perfume de azucenas y jazmín con unas gotas de lavanda que vertidas en su almohada para conciliar el sueño más rápido, se adherían a su cara cuando dormía.
Por eso, cuando me le acerqué aquella noche... olía a primavera.

Me atravesé en su camino, literalmente, y lo único que pude conseguir fue una mirada y un tímido “disculpe” para luego darme la espalda y continuar su camino.
No pude apartar mis ojos de ella. Esa mirada de sus ojos negros, tan negros como la oscuridad en la que yo vivía, me marcó como un tizón encendido.
Decidí que tenía que ser mía.

Aquella noche, aquella fatal noche, esperé a que las luces de su habitación se extinguieran y luego entré sigilosamente.
Allí yacía ella, etérea y maravillosa, en su pijama de seda blanca.
Parecía un ángel. Casi me arrepentí al verla, sabiendo que entraba con el fin de corromper tan delicada flor en el podrido jardín de mis deseos inmundos.

Me acerqué a ella, me acosté junto a ella, inhalé su esencia... Qué delicia! Qué pureza!
Ya comenzaba a delirar de placer sin siquiera tocarla. Toqué su cuello de una manera tan sutil que pensó que era una corriente de aire.
Sudaba... la noche era tibia. Ella era tibia.
Ya no pude contenerme más...
Mis labios rozaron su suave cuello, no se inmutó, así que abrí mi boca y mis colmillos se clavaron mortalmente en su cuello mientras sorbía su sangre, su pura sangre, rápidamente, casi desesperadamente.

Abrió los ojos... Ya era tarde.